EL JUEGO FINAL DE "PANCHO ARCE", Otra baja en Los Ántrax, brazo armado del cártel de Sinaloa

Después de narco, ser futbolista profesional siempre fue el sueño de Pancho Arce. No solo mantenía a su equipo, el Jr. San Francisco de Primera Fuerza, sino que patrocinaba a otras escuadras locales y apoyaba a jugadores, lo mismo amateurs que profesionales.

En el mundo del deporte local era una figura pública, por eso nadie dudó que fuera él al que habían asesinado junto con su entrenador la noche del lunes 31 de octubre en el Deportivo Jimmy Ruiz de la colonia Emiliano Zapata.

De acuerdo con la información de la Policía Ministerial, esa noche, poco después de las 22:16 horas, se disputaba la final de un torneo cuando al centro deportivo ubicado por las calles José Vasconcelos y Fray Andrés Tello ingresó un comando de encapuchados.

Los hombres armados después de ordenar a todos los presentes tirarse al suelo, acribillaron a Arce Rubio, delantero del equipo. El cuerpo quedó boca arriba en una esquina de la cancha.

Enseguida los fusiles apuntaron a Sergio Barajas Cháidez, quien cayó muerto a mitad del terreno de juego, cuando presuntamente trataba de escapar. Testigos informaron a la Policía que Barajas había estado en la banca durante el partido. Era el entrenador y hombre de confianza de Arce Rubio.

La desbandada inició, quedando en el centro deportivo los dos cuerpos y el olor a pólvora de los casquillos de AK-47 y pistola .38 Súper, hasta que minutos más tarde llegó el Ejército y la Policía.

Los Ántrax

No hay nadie en el deporte local que no pueda dar referencia sobre Pancho Arce. A sus jugadores le llamaban “los ahijados de Pancho Arce” o, incluso, por el nombre del equipo, “los panchitos”.

Futbolistas de Primera Fuerza recuerdan que siempre que llegaba a un estadio ya fuera en la ciudad o en las sindicaturas, donde se jugaban las ligas, era custodiado por hombres a bordo de tres o cuatro camionetas.

La noche del asesinato se desconoce si traía o no esa seguridad que usualmente rodeaba al también conocido como el Cuatro, cada vez que entraba el terreno de juego.

Lo que sí era de dominio público es que Arce Rubio pertenecía a ese grupo de sicarios y operadores del cártel de Sinaloa que Rodrigo Aréchiga Gamboa, el Chino Ántrax, bautizó como Los Ántrax.

Corridos, fotografías, videos e historias se tejen en la web sobre este grupo que la Procuraduría General de Justicia del Estado no menciona en sus declaraciones ni la PGR en sus boletines.

A Pancho Arce, también conocido como el Artista, versiones extraoficiales lo ubicaban como un hombre importante, el cuarto en la estructura de Los Ántrax, aunque en sus inicios era más cercano a Javier Torres Félix.

Varios narcocorridos le dan su etiqueta como integrante de esta célula. Una de las primeras letras del juglar del narco, Arely Pérez, lo describe como un hombre arrojado, pero servicial con los amigos, que asegura que “es un honor para mí ser del virus que ataca a quien quiera hacer daño a MZ”.

De este grupo comandando por el Chino Ántrax, Pancho Arce era el más visible públicamente por su afición al futbol. En el estadio Banorte, cuando llegaron a jugar los Dorados, era de los primeros aficionados en el palco, según cuentan periodistas deportivos.

Tras su muerte ocurrida la semana pasada, en la redes sociales se desató un sin fin de rumores. También las despedidas y las remembranzas no faltaron, todo lo que a sus 30 años había conseguido en el mundo del hampa: dinero, mujeres, fama, admiración, aquello que había hecho en compañía de los hombres leales al “señor del quinto mes”.

Desde el lunes en la noche, la velación en la funeraria del fraccionamiento Montebello fue observada por la cantidad de seguridad que lució.

Fue hasta la mañana del jueves 3 de noviembre cuando salió el cortejo fúnebre que trasladaba los restos de Arce Rubio, adornado de pólvora y balas, para ser sepultado en Jardines del Humaya.

Un día antes por la tarde fue sepultado su guardaespaldas, Sergio Barajas, cuyo cortejo subió por la avenida Obregón hasta la México 68.

Pasando por Montebello, las ráfagas al aire no faltaron: era la muerte de un sicario. Versiones policiacas recabadas por este medio indican que al llegar al puente de La Costerita, antes de entrar al Parque Funerario San Martín, donde era el destino, hombres a bordo de dos camionetas Cheyenne realizaron prolongados disparos al aire.

Los policías que estaban afuera del panteón se retiraron sin aspavientos y ya en el sepelio, muchos deudos que celebraban el Día de Muertos fueron invitados a salir del recinto funerario.

Otras bajas al grupo

Pero Pancho Arce no es la primer baja conocida de Los Ántrax. En el enfrentamiento de Tubutama, Sonora, ocurrido el 1 de julio del 2010 fue ultimado Redel Castro, el Pocho Ántrax, junto con otros 26 presuntos integrantes de las huestes del cártel de Sinaloa.

Según la Procuraduría de aquel estado, el convoy de alrededor de 50 camionetas fue emboscado por un comando de los Beltrán Leyva que dominan esa zona, a unos 50 kilómetros de la frontera con Estados Unidos, entre Tubutama y Saric, ya en pleno desierto.

Los cadáveres que quedaron regados entre armas y camionetas, algunas blindadas y marcadas con la letra X, portaban uniformes tácticos, pecheras y granadas. La versión más sólida de la fiscalía sonorense fue que el comando del cártel de Sinaloa intentó hacer una “limpia” en aquella región dominada por el clan contrario.

Redel fue uno de los que quedó en la zona, y ahora las agrupaciones cantan su despedida en videos ilustrados con su imagen de adolescente portando un rifle Barret entre las manos.

El 26 de mayo del 2011, el grupo sufrió otras bajas cuando elementos del Ejército torturaron y mataron Jesús Humberto Corona Guillén, el Chube, Pedro Valenzuela Meza, el Pedrón, y a Franklin Olguín Velázquez, el Frankie Ántrax.

Este último apareció retratado tras su muerte en las redes sociales con un AR-15 dorado, en compañía de otros personajes.

Ríodoce publicó en su momento la confirmación a través de los exámenes forenses que los tres recibieron golpes y torturas antes de ser ultimados a balazos con armas reglamentarias del Ejército, a pesar de que la versión oficial de la Sedena fue que murieron abatidos en enfrentamiento al sur de la ciudad, en un predio enmontado cerca de la carretera México-15.

La versión recabada por este semanario establece que esa mañana el Frankie, el Chube y el Pedrón iban al paraje del Campestre La Hacienda a arrojar a un hombre cuyo destino estaba marcado al ser señalado como robacarros. Pero al entrar al predio abandonado se encontraron con un convoy del Ejército que los recibió con disparos.

En la zona, los militares acababan de rescatar a una señora y a su hijo de cinco años que habían sido secuestrados por desconocidos. Los tres fueron ultimados ahí, pero la información que los soldados dieron fue que Los Ántrax dispararon primero.

El Phoenix Ántrax o el Sargento Phoenix, es otro personaje del cual existen registros públicos en la web, en narcocorridos que pregonan sus hazañas, sus historias e imágenes que revelan su rostro.

Aunque no hay información oficial al respecto, fue detenido por el Ejército y permanece recluido en el penal de Aguaruto, a cargo del módulo 5, desde donde hilvana su “narcomitología”.

El corrido Phoenix al rescate, de Jorge Santa Cruz, reseña el episodio cuando acudió al llamado del Cinco o Chino Ántrax atrapado en un operativo que, según la letra, pudo escapar gracias a la intervención del sargento, cuyo cráneo rapado y barba larga es una promesa de lealtad hecha a su amigo y jefe, Vicente Zambada Niebla, el Vicentillo.

La canción de Santa Cruz cuenta que fue el mismo Cinco quien pidió que se entregaran para no arriesgar tanto, pues “de la cárcel pegan el brinco”. Al final relata que “hoy en día está guardado, pero no soltó la lengua”.

Decenas de lugares en Internet dan cuenta no solo de este grupo, sino de aquellos que también encabeza Manuel Torres Félix y Gonzalo Inzunza Inzunza, el Macho Prieto, ambos jefes de sicarios del cártel de Sinaloa.

Tal vez por eso, desde hace meses se dio a conocer en Estados Unidos que las agencias de investigación vigilan muy de cerca las redes sociales, el vertedero de la narcocultura.