‘El Chapo’, en el suburbio donde el límite es el cielo

Hinsdale— A menos de una hora del caótico centro de Chicago, Hinsdale es un suburbio tan blanco que podría estar en Noruega o Suecia. Es el Estados Unidos más idílico y elitista, hogar para políticos, beisbolistas de las Grandes Ligas y actores de televisión atraídos por la tranquilidad de una aldea tan estadounidense como el pastel de manzana. Casi como para reafirmarlo, decenas de banderas de barras y estrellas ondean continuamente de los porches de sus múltiples mansiones.

Los Ferraris, BMWs, Hummers y Jaguares que transitan a todas horas por sus calles confirman su estatus privilegiado como uno de los 50 poblados más ricos del país más rico del mundo. Si fuera una nación independiente, su ingreso per cápita le haría la más próspera del planeta, con 104 mil dólares de salario promedio, más que incluso el emirato petrolero de Qatar. No cualquiera puede vivir aquí, en donde hay mansiones que llegan a costar 10 millones de dólares. Mucho menos las minorías: el censo de 2010 dicta que 90 por ciento de sus habitantes son caucásicos, 6.4 asiáticos y sólo 3.5 por ciento hispanos.

Si hay mexicanos en Hinsdale es porque generalmente vienen a cortar el pasto.

“Cariño, las casas aquí valen tanto como la imaginación alcance. El cielo es el límite”, asegura Janet, dueña de una mansión de dos pisos y 10 cuartos que hace esquina con Phillipa Drive, una de sus calles principales. “Todos conocen a todos. No es fácil que haya extraños”.

—¿Y se imaginaba usted que era vecina del Cártel de Sinaloa?

—¡Por Dios, no!

Quizá por factores como los anteriores lo sucedido el día de las elecciones presidenciales de 2008 resulta aún más extraño y revelador: de todos los lugares posibles, el cártel encabezado por Joaquín “El Chapo” Guzmán eligió este suburbio multimillonario para establecer dos bases de operaciones desde las que controlaba la distribución y venta de drogas en todo el medio oeste de Estados Unidos.

Terminó por ser un caso tan crucial, que hoy es el cimiento sobre el que se sostiene el más importante proceso judicial que tiene el gobierno estadounidense contra “El Chapo” e Ismael “El Mayo” Zambada en la Corte Norte de Illinois, que fue actualizado con nuevas acusaciones en febrero pasado. Es la misma causa por la que se juzga a Vicente Zambada Niebla, y por la que se habría juzgado, de haber sobrevivido a una redada lanzada por la Marina en su contra, a Arturo Beltrán Leyva.

Es un caso que también ofrece un atisbo a un fenómeno poco estudiado: la penetración de operadores de los cárteles mexicanos en los rincones más ricos de Estados Unidos bajo el camuflaje de profesionistas.

Michelle Bocus acababa de regresar de votar en las elecciones presidenciales, el 4 de noviembre de 2008, cuando escuchó las sirenas en la calle Birchwood, una cerrada que parece extraída directamente del set de la serie de televisión “Desperate Housewives”.

Asomada a la ventana de su mansión pudo ver a los hombres con chaquetas de la DEA tomar por asalto la residencia de los Peters, a unos metros de distancia, en el número 421. Claro que los Peters ya no estaban. Murieron de viejos y su casa quedó vacante, puesta a la renta por sus hijos.

“Nunca supe quién la rentó”, dice Bocus, residente de la calle desde hace 35 años. “Nunca vi a ningún mexicano aquí”. Pero sí había mexicanos. Un grupo de ellos, incluidos los hermanos gemelos Margarito y Pedro Flores, operadores que trabajaban para el Cártel de Sinaloa y de los Beltrán Leyva –cuando aún eran aliados–, en la distribución de narcóticos, armas y dinero por todo Estados Unidos.

En México, la noticia de la redada pasó prácticamente de noche. Ese mismo día se estrelló en Paseo de la Reforma el avión del secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño. Pero el Departamento de Justicia estadounidense lo publicitó como uno de los golpes más duros jamás asestados a ambos cárteles mexicanos.

“En promedio, los Flores recibían de mil 500 a 2 mil kilogramos de cocaína por mes, en ocasiones obteniendo todo o buena parte de Guzmán Loera y Zambada García (…) y en otras ocasiones del cártel de los Beltrán Leyva”, informó entonces Washington en un comunicado de prensa.

La operación era de gran escala. Y según la DEA, estaba tan documentada que permitía vincular a vendedores callejeros en media docena de ciudades estadounidenses directamente con los capos mexicanos. “Los Flores vendieron grandes cantidades de cocaína y heroína al por mayor a clientes en Cincinati, Columbus, Detroit, Milwaukee, Nueva York, Filadelfia, Washington DC, Vancouver y otras ciudades”, se expuso en el boletín.

Bocus asegura nunca haber conocido a los Flores, que rentaron la casa del 421 por más de un año sin que nadie se diera cuenta. Jamás escuchó ruidos, fiestas o un comportamiento estrafalario, como el que suele asociarse a narcotraficantes. Margarito y Pedro se fundieron con el paisaje.

Sólo el día de la redada ocurrió algo extraño: la computadora de Bocus fue intervenida.“Vi en mi pantalla aparecer información, con nombres de México y cantidades monetarias. Eran nombres, direcciones y documentos. Se los llevó la Policía”, recuerda.

Junto con esa, otra casa fue decomisada en Hinsdale. Pero no fueron las únicas. Ese mismo día el Gobierno estadounidense encontró residencias y bodegas del Cártel de Sinaloa en una veintena de direcciones de Chicago, en calles con nombres como Racine, Erie, Trenton y Bode, en los suburbios de Romeoville, Plainsfield, Palos Hills, e incluso en la misma ciudad.

Jack Ryley, agente especial de la DEA a cargo del medio oeste de Estados Unidos, asegura que es una táctica que los mexicanos aprendieron de sus antecesores colombianos.

“Se mimetizan muy bien. Hablan el idioma y son culturalmente aceptables por cómo se comportan en la comunidad”, señala el agente.

—¿Aún en un vecindario tan blanco como Hinsdale?

—Sí. ¿No son acaso excelentes en lo que hacen (camuflarse)? Hemos encontrado casas de los cárteles que tenían todo: la luz de Navidad, el césped cortado todo el tiempo... y cuando llegábamos a la casa y tirábamos puerta, encontrábamos 500 kilos de coca y millones de dólares. Nada más.

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