El verdadero Fantasma, Jonathan Salas Avilés prestó su nombre al Fantasma


Jonathan Salas Avilés prestó su nombre al Fantasma, por eso la confusión. No era un gatillero consumado. Se había integrado a las filas del Chapo Guzmán un año antes de que lo mataran en el enfrentamiento que una célula del cártel de Sinaloa tuvo con la Marina la noche del 1 de marzo de 2012, y del cual el escurridizo jefe de gatilleros habría escapado en medio del fuego.

Marcelino Ticante Castro es el verdadero nombre del Fantasma, detenido por el Ejército al amanecer del sábado 9 de febrero de 2013, aunque a estas alturas ni la Secretaría de la Defensa Nacional, que lo detuvo, haya hecho público su nombre.

El 1 de marzo de 2012 ocurrió un enfrentamiento en Oso Viejo, sindicatura de Quilá, Culiacán, donde murieron cuatro presuntos delincuentes. Dos de ellos quedaron calcinados adentro de una camioneta Cherokee, donde se encontraron restos de varias armas largas y municiones, y uno más quedó tirado sobre el terreno, a unos metros del vehículo. Jonathan murió en una clínica en Culiacán, a donde había sido ingresado con un balazo en la cabeza.

Desde las primeras horas a partir de los hechos se especuló que el Fantasma había muerto en el enfrentamiento, donde, se dijo por los mismos pobladores de la región, los sicarios habían derrumbado un helicóptero. La razón era que trascendió el nombre de quien había sido trasladado en una ambulancia de la Cruz Roja a Culiacán: Jonathan Salas Avilés.

Pero las autoridades, la Procuraduría de Justicia, la Marina y el propio Ejército Mexicano, contribuyeron a la confusión. Confirmaron al día siguiente que el hombre que había muerto en la clínica había sido identificado como Jonathan Salas Avilés, pero que no se había establecido que fuera el Fantasma. Además, nunca fueron proporcionados los nombres de los otros tres gatilleros muertos, abriendo cauces a la especulación.

Otro elemento que contribuyó al enredo fue que el operativo de marzo de 2012, según lo declarado por el propio general de la Novena Zona Militar, Moisés Melo García, había sido realizado por “fuerzas federales” (refiriéndose a la Marina) y que el Ejército solo había participado en el resguardo de la zona después del enfrentamiento. Pero después, desde la Ciudad de México, la Sedena se atribuyó el operativo.

Ahora, cuando el verdadero Fantasma fue detenido en Costa Rica, tampoco las autoridades, ni las estatales, ni las federales, proporcionaron su nombre de pila.

El prestanombres

“Préstame el nombre”, le habría dicho el Fantasma a Jonathan Salas, quien se rozaba con esa clica realizando tareas menores. Vivía en la colonia Lázaro Cárdenas, por la calle Emilio Portes Gil, en un barrio que por las noches se convierte en un gran hoyo negro, por lo escabroso del terreno y el escaso alumbrado público. El Fantasma ya se había convertido en una referencia en el mundo delincuencial, pero pocos conocían su verdadera identidad.

Oriundo de Veracruz, exmilitar, prestó sus servicios en la Policía Municipal de Culiacán a principios de la década pasada. No duró mucho en la corporación. Quienes lo conocieron se refieren a él como un hombre de pocas palabras, serio y hasta lo describen “tranquilo”.

Eso debió ser cuando era agente policiaco, porque la fama que hizo afuera no tenía nada que ver con ese carácter. De él se dijo que en una o dos ocasiones ingresó a las instalaciones de la Policía Municipal para sacar a alguno de sus compañeros que había caído a la barandilla por meón. Ya era jefe de la corporación otro militar, José Manuel Niño de Rivera, y una de esas incursiones motivó que en todo el perímetro de la base central de la Policía se levantara una muralla de protección.

Ticante Castro renunció como agente policiaco para integrarse de lleno a las filas del cártel de Sinaloa. Bajo las órdenes de Dámaso López Núñez, uno de los principales operadores de Joaquín Guzmán, era el encargado de “limpiar” la plaza.

Por ello la celeridad con que el procurador de justicia, Marco Antonio Higuera Gómez, dijo que con la reciente aprehensión del Fantasma esperaban una reducción en el índice de homicidios en Culiacán.

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Salas Avilés le dijo que sí al Fantasma, sin dudarlo, y a partir de entonces se empezó a correr el rumor a través de comentarios que se deslizaron a algunas notas del narco publicadas en Internet, de que el nombre de este sicario era “Jonathan Salas Avilés”.

Cuentan los que lo conocieron que el prestanombres tomó tan en serio el asunto que hasta llegaba a decir, que él era el Fantasma. Prestarle el nombre le había acercado al jefe de gatilleros y con frecuencia se encontraba en su primer círculo de seguridad, aunque en realidad no tenía una formación en las armas que constituyera un mérito para estar ahí.

Tres días después de que lo mataron, el procurador de justicia anunció que se había confirmado la identidad de Jonathan y que un cotejo con las autoridades federales les permitió establecer que esta persona no contaba con antecedentes penales. También negó que esta persona fuera el Fantasma, aunque nunca se mencionó el verdadero nombre de este.

El Ejército tiene memoria

Ya tenían mucho tiempo buscándolo. El Fantasma había cometido un error de “operación” que sus jefes le reclamaron y que el Ejército nunca le perdonó. En 2011, durante una operación de inteligencia, fue detenido uno de los principales operadores de Ismael el Mayo Zambada, conocido como el Meño. Fue en Costa Rica, en una casa a la que habitualmente acudía el capo.

En el operativo habían participado elementos de la Tercera Región Militar y cuatro de ellos, una vez concretado el objetivo, regresaban al puerto por la Maxipista, cuando fueron interceptados por un comando a cuyo frente estaba el Fantasma.

Se los llevaron al monte y ahí los resguardaron. Luego los jefes del cártel se pusieron en comunicación con mandos militares y les propusieron un canje: los cuatro militares —al parecer del área de Inteligencia— por el Meño. Mientras se daba la negociación, el Fantasma “jugaba” con los levantados. Los torturó, los humilló.

De la parte militar, afirman fuentes de Ríodoce, participaron en la negociación mandos que entonces estaban ubicados en Jalisco. Fueron ellos quienes se comunicaron al alto mando de la Sedena para pedir que se aceptara el canje y se protegiera la vida de los cuatro elementos que estaban en manos de Marcelino Ticante Castro.

Finalmente se aceptó y el acuerdo fue comunicado a los mandos castrenses regionales. El Meño había sido trasladado a las instalaciones de la Novena Zona Militar. Enterado del acuerdo, el Fantasma liberó a uno de los detenidos, dejándolo desnudo en el monte, al sur de Culiacán. Luego liberó a los otros tres y entonces el Meño fue trasladado hasta Costa Rica por los mismos militares que lo habían “cazado”.

Pero el Fantasma había cometido el error de torturar a sus víctimas, lo cual le habría sido reclamado por sus propios jefes. No era necesario hacerlo, menos si estábamos negociando la libertad del Meño, le dijeron.

No pasó de ahí y el Fantasma siguió coordinando operaciones de limpieza del cártel, pero ahora con la certeza de que el Gobierno federal iría por él.

Militares y elementos de la Armada de México cerraron el cerco con labores de inteligencia. Varios operativos fueron realizados en el Valle de San Lorenzo y en los montes del sur de Culiacán, buscando al Fantasma y también a otro operador del cártel que finalmente murió en condiciones extrañas: Manuel Torres Félix.

Marcelino Ticante se había convertido en un problema para los jefes del cártel, no solo por la persecución de que era objeto, sino por las quejas de la población, que vivía aterrada al paso de los convoyes del Fantasma por sus pueblos.

Por eso nadie duda que su captura haya sido el resultado de un trabajo de inteligencia solamente. Por eso la sospecha fundada de que más bien fue una entrega.